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Planos de existencia causados por la falta de iluminación: Selecciones del Sutra Surangama, parte 2 de 2

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Continuemos con selecciones del Capítulo 7, “Los Seis Planos de Existencia Causados por la Ignorancia,” en el Sutra Surangama traducido por Upasaka Lu K’uan Yu.

Los Seis Planos de Existencia Causados por la Ignorancia Los Seis Estados de Seres Vivientes en el Samsara

El reino de los infiernos

“Si sus pasiones y pensamientos están en la proporción de nueve a uno, se hundirá en la rueda de fuego y renacerá donde el viento y el fuego se encuentran. Morará en el infierno intermitente si sus pasiones son grandes, en el ininterrumpido si son muy fuertes, y en el infierno avici si está completamente dominado por pasiones extremadamente violentas. Si, además, difama el Mahayana, quebranta los preceptos del Buda, distorsiona el Dharma al predicarlo para engañar a sus mecenas por ganancia egoísta o por fama, y comete los cinco actos de rebelión y los diez pecados graves renacerá (sucesivamente) en todos los infiernos avici.

Aunque lo anterior son retribuciones autoinfligidas resultantes de actos malignos individuales, todos los pecadores soportan los mismos tipos de sufrimiento que se originan de (las mismas) causas concurrentes.”

Las Diez Causas y los Seis Efectos en el Reino de los Infiernos Las Diez Causas Kármicas del Reino de los Infiernos

“Ānanda, estas (retribuciones) provienen de los actos kármicos de los seres vivientes que crean diez causas kármicas por sus hábitos viciosos y así sufren seis clases de retribución.

El hábito del deseo sexual

Ānanda, ¿cuáles son estas diez causas? La lujuria se convierte en hábito debido al coito en el que dos personas se acarician mutuamente, produciendo así calor que a su vez estimula el deseo. Esto es como el calor causado por frotarse las manos entre sí. Los dos hábitos del karma y la lujuria se estimulan mutuamente y provocan visiones de lechos de hierro candente sobre soportes de cobre ardiente. Por ello, todos los Budas consideran el coito como un fuego abrasador de deseo, y todos los Bodhisattvas evitan la carnalidad como si fuera un foso ardiente.

El hábito de la avidez

La avidez se convierte en hábito debido al aferramiento, que es una especie de succión que con el tiempo crea la ilusión de frío, escarcha, escalofríos y temblores. Esto es como la sensación de frío que se siente al inspirar a través de los labios fruncidos. La combinación del karma y la avidez conduce a la retribución en forma de sufrimiento, expresado por gritos contra el frío mordiente y mostrado por (la piel volviéndose) azul, roja o blanca. Por ello, todos los Budas consideran la avidez como el agua de la codicia, y todos los Bodhisattvas la evitan como evitarían un mar de vapores pestilentes.

El hábito de la arrogancia

La arrogancia se convierte en hábito debido al abuso, que se manifiesta por la opresión (de otros), que con el tiempo crea la (ilusión de) olas embravecidas que acumulan un volumen de agua. Esto es como lamerse la boca para hacerla salivar. Los dos hábitos del karma y la arrogancia se estimulan mutuamente y crean (visiones de) ríos de sangre, cenizas (ardientes), arena abrasadora, mares ponzoñosos y cobre fundido vertido sobre la lengua del pecador. Y así, todos los Budas consideran la presunción como el agua de la estupidez, y todos los Bodhisattvas la evitan como evitarían el ahogamiento.

El hábito de la ira

La ira se convierte en hábito debido a la irritación, que se manifiesta como obstinación, que con el tiempo inflama el corazón, cuyo calor convierte el aliento vital en metal; de ahí las ilusiones de colinas de cuchillos, postes de hierro, árboles y ruedas de espadas, hachas, alabardas, lanzas y sierras. Esto es como un hombre empujado por su obstinación a vengar un agravio. Los dos hábitos del karma y la ira se estimulan mutuamente y crean visiones de castración, descuartizamiento, decapitación, tajos, heridas, mutilaciones, golpes de porra y azotes. Esto es como un hombre que se encoleriza y está listo para matar a fin de reparar un agravio. Por ello, todos los Budas consideran el odio como una espada afilada, y todos los Bodhisattvas huyen de él como de su propia ejecución.

El hábito del engaño

El engaño se convierte en hábito debido a la seducción, que se manifiesta como dolo, que con el tiempo crea (ilusiones de) cuerdas, varas, sogas y cepos que sujetan al pecador. Esto es como un campo inundado para cultivar hierba y plantas. Los dos hábitos del karma y el engaño se sustentan mutuamente y crean cada vez más actos malignos que merecen castigo con grilletes, candados, látigos, bastones, varas de abedul y porras. Y así, todos los Budas consideran el engaño tan dañino como la calumnia, y todos los Bodhisattvas lo evitan como evitarían a un lobo.

El hábito de la mentira

La mentira se convierte en hábito debido al embelesamiento, que se manifiesta como fraude, que con el tiempo termina en traición. Esto crea (ilusiones de) inmundicia tal como polvo, excremento y orina. Esto es como el polvo soplado por el viento, que lo oculta todo. Los dos hábitos del karma y las mentiras se intensifican mutuamente y terminan en el sufrimiento de ahogamiento, sacudidas, vuelo, caídas, deriva y hundimiento. Por ello, todos los Budas consideran la mentira tan dañina como el saqueo y el asesinato, y todos los Bodhisattvas la evitan como evitarían pisar serpientes venenosas.

El hábito del resentimiento

El resentimiento se convierte en hábito debido a la aversión, que se manifiesta como malicia. Esto crea (ilusiones de) ser apedreado, catapultado, encerrado en un furgón carcelario, atrapado, metido en un saco y golpeado. Esto es como un alborotador siempre con designios malignos. Los dos hábitos del karma y el resentimiento se combinan y resultan en castigo por ser lanzado y arrojado de un lado a otro, apresado, detenido, golpeado y asaeteado. Y así, todos los Budas consideran el resentimiento como un espíritu maligno y todos los Bodhisattvas lo evitan como evitarían vino envenenado.

El hábito de las visiones erróneas

Las visiones erróneas se convierten en hábito debido a la interpretación errónea, que abarca (las cinco ideas equivocadas desde) la realidad del yo y los objetos, hasta las rigurosas prohibiciones ascéticas. Esto causa la incomprensión de los efectos kármicos debido al rechazo de lo real y el apego a lo irreal. De ahí la (ilusión del) juicio con pruebas de evidencia (que no pueden negarse), como cuando dos personas que vienen de direcciones opuestas no pueden evitar encontrarse en el mismo camino. Los dos hábitos del karma y las visiones erróneas se combinan para causar (visiones de) interrogatorios, contrainterrogatorios, investigación judicial, averiguaciones, interrogaciones y el desvelamiento de lo correcto y lo incorrecto en el tribunal, mientras el consejo bueno y el malo producen los documentos y argumentan sobre ellos. Por ello, todos los Budas consideran las visiones erróneas como un abismo de perversión, y todos los Bodhisattvas las evitan como evitarían un barranco lleno de veneno.

El hábito de la injusticia

La injusticia se convierte en hábito debido a la acusación falsa, que se manifiesta en la calumnia. Esto crea (ilusiones de) colinas y rocas que se cierran desde todos lados para aplastar, romper, raspar y moler al pecador. Es como abusar del inocente. Ambos hábitos del karma y la injusticia se combinan para producir (ilusiones de) aprehensión, presión, golpes, represión, coacción y restricción del pecador por la ley. Por ello, todos los Budas consideran la difamación tan dañina como un tigre, y todos los Bodhisattvas huyen de ella como de un trueno.

El hábito de la disputa

La disputa se convierte en hábito debido a hablar en exceso, que se manifiesta en ocultar (las propias faltas). Esto crea (ilusiones de) secretos siendo expuestos por ser reflejados en un espejo o por una lámpara encendida, como objetos que no pueden ser ocultados a plena luz del día. Los dos hábitos del karma y la disputa terminan en la exposición (de los pecados); pues el espejo y la lámpara revelan los antiguos actos kármicos para el juicio (final). Por ello, todos los Budas consideran el ocultamiento como un enemigo secreto, y todos los Bodhisattvas lo consideran tan peligroso como llevar una colina sobre la cabeza o caminar hacia el océano.”
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